De la finitud de la vida (sí, sí, la tuya también).

Cristina Peris.-Mis primeros recuerdos suyos datan de comienzos de los años ochenta. Compañeros de clase, en esa época en que todo se vislumbraba como una oportunidad abierta, entablamos pronto amistad, una amistad sin egoísmos ni ataduras que perduraría a lo largo de los años. Perdimos el contacto innumerables veces, para recuperarlo siempre, tras un encuentro casual o una llamada. La última vez, en el 2010, ya no me quise separar de él tras saber de su enfermedad, intuyendo ya el terrible final que nos lo arrebataría apenas año y medio más tarde.

No tuvo suerte en la vida (casi ningún gran hombre verdadero la tiene), aunque su capacidad de empatía y su tolerancia superaban a todas las conocidas por mí hasta el momento, así como su bondad y su alegría por recibir las pequeñas cosas que la vida le ofrecía en cada momento. El día 9 de septiembre murió, dejando desolados a todos sus amigos, dejándonos huérfanos anímicos, más viejos, infinitamente más solos. Nos dejó sus escritos y multitud de buenos recuerdos que permanecerán día a día.

Lo primero que se me pasó por la cabeza, estupefacta, cuando me lo comunicaron de madrugada, fue: “… y pensar que podía llamarle cuando quisiera”, evocando a Camus en “La peste”, cuando decía aquello de que “… había vivido a su lado un ser sobre quien podían en todo momento poner la mano”, e intentando digerir esa ausencia repentina y feroz.

Sí, vivimos con una sensación de eternidad apabullante, dejamos todo para mañana, pensando que tenemos todo el tiempo del mundo. Toleramos, por otra parte, que se mueran los abuelos, más tarde los padres, lo admitimos como algo natural en el ciclo de la vida; pero que se mueran nuestros iguales es más duro: es como ver morir un trozo de nosotros mismos.

Más tarde pasé a pensar aquello de que somos un punto sin importancia dentro de un universo infinito (¿infinito?, no sabemos nada, no olvidemos la antinomia kantiana), o dentro de miles de generaciones que se suceden vertiginosamente; y mi desánimo y mi tristeza crecieron. Lamenté no creer en la reencarnación, puesto que este descreimiento mío me privaba de la esperanza de volver a ver al amigo.

Simplemente, llega un momento en el que ya no somos, y nos cuesta admitir que llegará este hecho inamovible. Muchos lo intentan solucionar con lo de escribir un libro o plantar un árbol, pero no hemos de olvidar que nuestra civilización apenar dura unos miles de años, ignorándolo todo sobre el antes, el después, el cómo y el por qué de nuestras vidas, fuera de un sentido poco más que bioló

gico. Así que nuestro final es ineludiblemente la nada. Lo dicho: somos un punto… ¿qué digo un punto? una millonésima parte de un pequeño punto sin importancia en medio de no se sabe dónde ni cuándo,angustiados, desorientados, asustados, no solo por el hecho mismo de la muerte, sino por el posible (y probable) sufrimiento que podemos experimentar hasta que esta llegue.

Lo único que se me ocurre, llegados a este punto, es que debemos tratar de vivir de acuerdo con aquello en lo que creemos, con lo que amamos, siendo coherentes con nosotros mismos, como creo que lo fue mi amigo Salvador, ya que no nos quedará otro consuelo llegado el momento del temido final. Salvador se saltó hasta el afán de eternidad, tan característico de la especie humana: quiso que sus cenizas, o al menos parte de ellas, descansasen junto a las de un gatito al que había amado, fuera de los usos funerarios que también nos son propios y que, como todos saben, se dirigen a hacer perdurar al finado. Hasta ese punto nos superaba en relativismo y en falta de egolatría (y es que siempre se van los mejores, pensábamos íntimamente todos y pensará ahora más de uno).

Este artículo está dedicado a la memoria de mi querido amigo Salvador Salom, al que añoro cotidianamente. Ha tenido que pasar tiempo hasta que me he encontrado con fuerzas para escribirlo. Espero que sirva para que perdure un poco más su recuerdo, aunque solo sea en los que tuvimos la suerte de conocerle y quererle.

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